jueves, 28 de febrero de 2013

El árbol que bailaba con el vendaval.





Su indomable fortaleza hacía que, sin dejarse eclipsar por el temporal fehaciente, siguiera creciendo y ensanchando, sorbiendo cada destello de un Sol incandescente que no alumbraba todos los días.

Las plagas vecinas no habían conquistado su leña a pesar de la cercanía (decían las malas lenguas que su savia no estaba hecha para ser consumida). 

Le debía a sus raíces la seguridad otorgada en sus primeros años de vida, razón por la que ahora era ella, quien desde lo alto de la montaña, veía quebrar o caer derruidos otros tallos por las tenues brisas que acariciaban su tronco. 

Sus ramas, eran por la noche un aval de la certeza del camino. Era un punto de referencia para luciérnagas perdidas.

Y aunque sus flores no eran las más vistosas, sus frutos eran alimento de los espíritus que cruzan hemisferios al compás del sístole de los telencéfalos inquietos. 


"Las herbáceas sufren tanto porque se preocupan más de crear bellas flores que de lignificar”.


Su Razón de Ser:  las ganas de [sobre]VIVIR. 

¿Desde cuándo un árbol necesita razón de ser?
 

Su Legado: las simientes esparcidas de una INDISPENSABLE especie en peligro de extinción.

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